viernes, 21 de noviembre de 2008

Segundo paseo por la Strip I: Una torre estratosférica

Y, de repente, ahora sí, hago un esfuerzo de memoria para intentar recordar qué hicimos aquellos días de septiembre de 2006 (¡Madre mía! ¡Hace más de dos años ya!), cuando recorrimos la Strip en sentido norte, para llegar hasta esa impresionante torre del hotel Stratosphere, que marca el final de la avenida más importante de Las Vegas...

Antes de continuar os diré que leyendo los dos últimos posts (estaba pensando en releerme todo lo escrito hasta ahora, pero no creo que me dé tiempo de momento…), vuelvo a revivir la curiosa agradable sensación que nos produjeron aquellos días en Las Vegas... Creo que ya os lo he dicho, pero ¡fueron todo un paréntesis a nuestra vida arizónica!

En fin, en esas estábamos según conté hace dos posts (en éste y en éste), después de una zona de la Strip casi vacía, alcanzamos la altísima torre del Stratosphere, ese último hotel de la Strip, desde cuya altura se puede ver todo Las Vegas. Era ya la hora de comer (nos habíamos levantado bastante tarde...), así que vimos los carteles de una apetitosa hamburguesería y no sé muy bien porqué, llegamos a la conclusión de que estaba en la planta intermedia de la torre...

Teníamos ganas de hacer un exceso y comernos una hamburguesa enoooorme. Había visto un reportaje en Arizona sobre Las Vegas y sacaban un concurso (el Big Daddy Eating Contest) para ver quién se comía más hamburguesas —muy à la Homer Simpson— y al final ganaba una minúscula chica de rasgos orientales... ¡Parecía imposible que fuera capaz de ganar a sus contricantes, unos enormes camioneros tatuados! En fin, en ese reportaje también hablaban de una hamburguesería llamada Big Daddy en la que preparaban las hamburguesas homónimas, con el diámetro de una rueda de cañonero... Pensamos que quizás habíamos encontrado un sitio similar en el Stratosphere (de hecho, hay uno en Las Vegas, pero no he sabido encontrar dónde… Ahora sé que hay uno en pleno centro de Nueva York, en el 239 de Park Avenue South, para más señas), así que nuestros voceantes estómagos nos guiaron hacia la base de la torre para comprar las entradas para subir hasta el mirador...


Al final, resultó que nos habíamos equivocado y la hamburguesería estaba abajo, en el casino, y estuvimos a punto de entrar a comer en el Top of the World, un restaurante de esos giratorios, a 200 dólares el cubierto… Reaccionamos a tiempo (sí, bueno, si hubiéramos reaccionado un poco antes de ver los precios en la carta mientras la camarera iba a buscarnos una mesa hubiera sido un poco mejor... ¡¡¡pero todo es culpa de la maldita mala costumbre de los americanos de no colocar la carta en la entrada!!!) y al final acabamos comiéndonos un perrito caliente en el mirador, que era toda una atracción en sí mismo, ¡tenía unas vistas magníficas!

Otra de las cosas más espectaculares del Stratosphere (y de Las Vegas en general) son las atracciones que el mirador del Stratosphere tiene en su cúpula (las llamadas “Triple Thrills” o “Three Thrills”… Vamos, las tres marías de las atracciones). Cada cual de las tres es más alocada y suicida, ¡parecen ideadas y construidas por el Joker! El día que nosotros subimos al mirador, estaban cerradas porque hacía un poco de viento… Y ya se sabe, teniendo un balancín que te deja suspendido en el vacío (X-Cream), la caída libre más alta del mundo (Big Shot) o el aparatejo ese (que se llama Insanity, y con razón) que te da vueltas en el vacío hasta que consigue que eches hasta tu primera papilla sobre las cabecitas de los lasvegueños, es posible que cualquiera de ellos se estropee o lo que es peor, deje caer a alguno de los locos que se ha subido en ellos al vacío y se estampe contra el cálido pavimento... Sí, sí... Por algún sitio he leído que hay unas cuatro o cinco muertes al año de gente que no se ata bien el cinturón de seguridad y acaba hecha fosfatina contra el suelo… Por supuesto, se recomienda encarecidamente a aquellas personas que padezcan del corazón que no se monten, porque también han tenido casos de paradas cardíacas... Y lo que sí suele pasar con relativa frecuencia es que el cacharro se estropee en plena faena y os quedéis “colgaos” boca abajo durante una horita y media, cosa que le pasaba un día sí y otro también a la antigua montaña rusa que fue desmantelada y sustituida por las tres marías… ¿Quién dijo miedo? ¡Id a Las Vegas y atreveos a montaros en esas máquinas infernales, valientes!

En fin, yo ya tuve suficiente montaña rusa con la vino después… Pero eso os lo contaré en otra ocasión... Por lo demás, el mirador del Stratosphere nos gustó muchísimo, hicimos unas fotos maravillosas de toda la vista, pudimos divisar incluso la zona de casitas bajas de las Vegas (resultaba sorprendente ver cómo de abruptamente se terminaba la zona industrial y comenzaba la zona residencial para dejar ésta paso al desierto de nuevo…) y fue lo más cerca que estuvimos del mítico Downtown que aparece en tantísimas películas (hubiéramos querido darnos unas vueltecilla por allí, pero al final, no tuvimos tiempo), pues quedaba hacia el norte de la torre y se veía desde ella todo el conglomerado de hoteles que lo formaban.


Una vez que dimos varias vueltas admirando las vistas y nos cansamos de hacer fotos, ya entrada la tarde bajamos a poner los pies en el suelo y camino de vuelta hacia el sur de la Strip... Lo siguiente que hicimos, en próximos posts.

Aérea1


[Fotos: 1) Torre del Stratosphere -cosecha propia-, 2) Vista del horizonte lasvegueño -cosecha propia-, 3) ¡Nuestras entradas para subir al mirador de la torre!, 4) Un ejemplo de Big Daddy... También tendríais que ver ésta, para que podáis tener una referencia para apreciar el tamaño real del hamburguesón en comparación con el tamaño de la hambrienta muchacha que ganó el concurso, 5) Copia de una publicidad de las atracciones del Stratosphere, cortesía de Las Vegas magazine, 6) El X-Cream, 7) La torre con detalle del Big Shot, 8) El Insanity, ese invento del Joker, 9) Foto de cosecha propia del Downtown Vegas, 10) Panorámica de la Strip hecha desde el mirador del Stratosphere -cosecha propia-.]


martes, 11 de noviembre de 2008

He comprendido algo

No sé quienes de vosotros leereis este post, más que nada porque no creo que esperárais que este blog volviera a la vida… (¡Hay tantos blogs —tan aburridos como el mío y más— que duran mucho menos que éste!), pero mientras veía hace una semana el especial sobre el recuento de votos en Estados Unidos, me di cuenta de algo en lo que he estado pensando mucho en los últimos meses: sé que si no termino esta historia, me voy a sentir muy mal, muy frustrada en general.

Sí, de vez en cuando, aparecían los corresponsales que informaban sobre los republicanos, que esperaban expectantes en la fiesta de McCain en Phoenix, y me venían a la cabeza un millón de cosas... Aún me pregunto qué hacíamos allí durante el verano de 2006... Poco a poco, los motivos de aquel viaje se me olvidan, y sólo se me quedan en la memoria los pequeños detalles... Y, por supuesto, al ver el mapa electoral y después de haber catado este verano un poquito de la costa este, me di cuenta de que nuestra experiencia arizónica fue algo muy específico y, sin duda alguna, irrepetible por nuestra parte, jeje.

En fin, toda esta perorata para deciros que no sé cuánto tardaré, no sé con qué frecuencia podré escribir, pero desearía terminar este blog arizónico/lasvegueño, ponerle un punto final, cosa que quizás me ayude a cerrar este relato, aquella calurosa experiencia, aquel momento, que gracias a la noche electoral de hace una semana, ya pertenece al pasado lejano...


Pues eso, que este post no es una promesa, sólo es una declaración de intenciones, ¿y qué mejor que haber decidido empezar con buen pie durante una noche electoral?

sábado, 27 de septiembre de 2008

Un recuerdo sobre galletas de chocolate...

Sí, pensaréis que me he vuelto loca colocando este post en ambos blogs, pero es que no se me ocurría mejor manera de incluirlo aquí, que es a donde legítimamente pertenece si no hubiera abandonado esta historia arizónica hace ya un montón de meses, que poco a poco, se va quedando anticuadísima...

Los que me leéis os pasaréis por aquí y encontraréis prácticamente el mismo post que en el otro blog de contenido más general, pero éste era un recuerdo arizónico, así que ahí va:

Hoy me he decidido a poner un pequeño postito (doble) después de tantíiiiiiiisimo tiempo cuando ya os creíais que este blog había muerto, como muchos otros que campan por el basto páramo de internet, porque de repente, mientras escuchaba de pasada lo que decían en el telediario, he recordado que estando en Arizona, una vez compramos en nuestro supermercado ecológico unas galletas Newman's Own tipo Oreo...

La verdad es que las galletas no estaban demasiado buenas, sabían un poco a corcho: me encantan las cookies americanas tradicionales, pero acabamos de las Oreo y las Chips Ahoy y similares un poco hasta el moño en Arizona, pero me pareció muy gracioso ver a Paul Newman junto con su hija Nell en el paquete, ataviados ambos como auténticos granjeros.



Hoy ha muerto Paul Newman de cáncer de pulmón a los 83 años... Da pena pensar en toda esa generación de grandes estrellas de Hollywood que poco a poco empezará a desaparecer... Y lo malo es que no habrá nadie de su talla para replazarlos.

jueves, 15 de mayo de 2008

Just married in Las Vegas!

Este es un tema del que hace tiempo que quería hablaros y que despejarán definitivamente vuestras dudas de porqué Pablo y yo, y mira que nuestras madres lo temían, no nos casamos "a lo loco" en Las Vegas, haciendo honor al negocio más lucrativo de este bizarro lugar en medio del desierto (bueno, la primera razón es porque no hay ganas, qué carajo… No hay que buscarle tres pies al gato).

En fin, supongo que a todo el mundo se le viene a la cabeza lo del negocio de los bodorrios cuando piensa en Las Vegas. Y no es gratuito (vamos, gratuito lo que menos), porque es uno de los destinos más habituales de los yanquis y de los no yanquis… Más de 150.000 bodas se celebran cada año en Las Vegas, ahí es ná. Y es que hay varias razones para explicar este fenómeno:

En primer lugar, sacar la licencia de matrimonio es un proceso mucho más rápido y exprés que en cualquier otro estado de los USA (info aquí). No son necesarios ni análisis de sangre (por lo visto, en algunos estados se mantiene esta obligación para comprobar, principalmente, si alguno de los contrayentes tiene sífilis o cualquier otra enfermedad de transmisión sexual… ¿y el otro no está al tanto?), ni período de espera, que en otros estados va desde 6 días hasta 24 horas. Por si os interesa, hay que rellenar un formulario, junto con 55 dólares y una foto de carné, y se obtiene la licencia en cuestión de minutos.

Otra de las ventajas de casarse en Las Vegas es la amplísima oferta de bodas que hay. Parece ser que la más barata cuesta 50 dólares en la propia Comisión Matrimonial de Las Vegas… Pero el truco está en que uno, por un poco o un mucho (muchísimo) más, se puede casar en casi cualquier sitio de la ciudad o los alrededores, desde los hoteles, que tienen sus correspondientes capillas, los restaurantes, las capillas especializadas ¡e incluso las capillas de bodas “sin bajarse del coche”! (drive-thru chapels).

No hay duda de que este es el negocio del siglo y los negociantes lasvegueños bien lo saben. Por eso, de ahí las diferentes ofertas, que van desde las bodas exprés hasta los bodorrios con todo lujo de detalles y las temáticas, como las celebradas en las capillas de Elvis, o esas otras en las que te disfrazas de Dr. Spock y te casas en el Enterprise o de pirata del caribe… Recuerdo que en Arizona estuve viendo un reportaje en la tele y lo que me pareció más curioso de todo este tema de las bodas es que la tele y el cine nos han vendido una imagen de la boda en Las Vegas como un acto de rebeldía (“¡Tu padre no aprueba nuestra relación, pero tú y yo nos queremos! ¡Casémonos en Las Vegas!”) o una decisión totalmente espontánea ("¡Cariño, olvídate de preparativos ostentosos! ¡Fuguémonos a Las Vegas y casémonos allí!")…

Sinceramente, me parece que esto es simplemente una táctica de marketing para atraer a todo tipo de insulsa gente del montón que sueña con hacer algo emocionante en su vida, y sólo se les ocurre esta gilipollez. No sólo eso: muchos de ellos, en lugar de aprovecharse del aparente anonimato y rapidez que se les suponen a este tipo de bodas (los que os habéis casado lo sabéis: ¡seguro que os hubiera gustado hacerlo sin ninguno de vuestros plasta-familiares a vuestro alrededor! ¿a que sí?), invitan a todo el mundo, amigos y familiares, a presenciar una de estas hortera-bodas. No niego que seguramente haya gente que se case borracha y a la mañana siguiente flipen viendo con quien se han casado (tipo boda Ross-Rachel en Friends), pero estoy convencida de que la mayoría de las bodas y renovaciones de votos son serias ceremonias por las que se pagan cantidades ingentes (si no, echadle un vistazo a esta página en la que explican algunos de los gastos recomendados en los que se incurren en las bodas: propinas, depósitos, tasas de cancelación, etc.). De alguna manera, se trata de colmar la expectativas de esas novias tan femeninas que sueñan con “la boda perfecta” (vestirse de merengue de varias capas, vamos) con el frikismo de sus maridos, que muchos de ellos se casan con bermudas, camisas de flores, calcetines blancos y pajarita (cuando no se disfrazan de cualquier cosa)… A pesar de todo, como decía César en su blog, los americanos tienen un curioso concepto de las bodas tradicionales (todas ellas tienen un inenarrable punto estridente que aquí no concebimos como normal: la elegancia no admite tules de colores chillones, damas de honor vestidas como espantajos, novias pintadas como puertas… Y mucho menos a un Elvis cantando a voz en grito Viva Las Vegas).

Los hoteles con más glamour, por supuesto, incluyen paquetes de bodas que intentan demostrar la clase que los caracteriza, pero eso ¡ah, amigos! también se paga: Por ejemplo, en el Caesars Palace (ya sabéis, uno de los favoritos de Pablo, jeje), los precios de los paquetes de bodas oscilan entre los 2000 y los 10000 dólares (no estoy al tanto de lo que cuestan estas cosas aquí, pero supongo que a muchos que hayan tenido que organizar la suya, esto les parecerá barato)… En todo caso, por barato que os parezca, me parece a mí que para ser una “improvisación alocada”, es un poquito caro…

Otro de los alicientes que emocionan a los que se deciden por una boda lasvegueña es que infinidad de famosos y artistas del firmamento americano se han casado en Las Vegas, en ceremonias a cada cual más estrambóticas, desde los años cuarenta. Algunos de ellos son Rita Hayworth, Kirk Douglas, Paul Newman, Jane Fonda, Judy Garland, Bob Geldof, Lorenzo Lamas, Jon Bon Jovi, Michael Jordan, Richard Gere y Cindy Crawford, Noel Gallagher, Dennis Rodman y Carmen Elektra, Billy Bob Thorton y Angelina Jolie, André Agassi y Steffi Graf (que además, celebraron la boda en su propia casa, puesto que viven en Las Vegas), Pamela Anderson, Britney Spears y, por supuesto, Frank Sinatra y Elvis Presley.

[Fotos: 1) Elvis frente a una de sus capillas, 2) Foto de cosecha propia durante nuestro paseo de aquel día de una de las capillas de la Strip, 3) Otra foto de cosecha propia en la que se anuncia la oferta de licencias matrimoniales por 99 dólares... Ambos lugares tenían un aspecto cutrísimo, 4) , 5) y 6) Fotos de diferentes bodas frikis anarroseadas del internés -menos mal que mi blog no tiene mucha audiencia, porque si no, seguro que esta gente me denunciaba-].

jueves, 8 de mayo de 2008

Amanece en Las Vegas city...

Lo primero que recuerdo de nuestro segundo día en Las Vegas (para que os situéis, era miércoles 20 de septiembre de 2006) es que me desperté ¡¡¡casi a mediodía!!! con un picor muy molesto en las piernas. Con disgusto, comprobé que la bendita cera depilatoria me había dado alergia y tenía todas las piernas cubiertas de granitos rojos…

Después de tomarnos un rápido café en uno de los puestos del pseudo-Manhattan cartonpiédrico de nuestro hotel, el New York, New York, salimos al solete lasvegueño, que sin duda, era más agradable que el de Arizona... Por supuesto, nuestro primer destino era la farmacia más cercana, a ver si podíamos encontrar algo que me calmara la comezón de las piernas. De nuevo, nos encaminamos hacia el norte de la Strip (os recuerdo que hacia el sur sólo estaban el Excalibur, el Luxor y el Mandalay Bay) y delante del Montecarlo (el hotel contiguo al nuestro) un negrata con una ligera pinta de rastafari nos entregó unos tickets de descuento para tomarnos una copa en el Montecarlo (mira que en Huertas siempre solemos huir de estos pesaos de los tiquecitos, pero aquí nos la colaron, luego resultó que ni siquiera existían los bares que aparecían en el chequecillo que nos había dado) y le preguntamos por la farmacia. Nos indicó que un poco más adelante había una de esas CVS/Pharmacy y allá que nos fuimos. Como ya os expliqué hace ya un porrón de posts, el principal problema que tienen las farmacias americanas es que los productos que uno puede comprar over-the-counter (literalmente, por fuera del mostrador) se limitan a una colección de artículos de la parafarmacia del Corte Inglés (me atrevería a afirmar que ésta es más completa que aquéllas)… Vamos, nada que pudiera acabar con mi picor de manera eficaz. Me compré la Anti-Itch Cream –un external analgesic- que veis en la foto (supongo que por “itch” entenderían ligero picorcillo sin importancia, porque a mí sólo me aliviaba momentáneamente después de emplastarme las piernas a base de bien).

A pesar de todo, aún no me estaba muriendo (eso llegaría después, ya en Tempe…), por lo que continuamos nuestro periplo hacia el norte, decididos a llegar lo más lejos posible Strip arriba. Pasamos por delante de todos los casinos en los que habíamos entrado la noche anterior (Podéis leerlo todo en los siguientes posts: I, II, III, IV y V), hasta pasar el Casino Royale y encontrarnos delante del Venetian, otro de los hitos de esta ciudad del cartonpiedrismo, no sólo por eso y por su “fiel” reproducción de los monumentos más significativos de la ciudad italiana, sino porque ha sido el hogar de mi querido Phantom of the Opera de Andrew Lloyd Weber en Las Vegas, que también se enorgullece de haber impulsado algunos de los espectáculos musicales más conocidos del mundo (y si no, que se lo digan a los de la franquicia del Cirque du Soleil, que aquí hacen su agosto, su septiembre y todo el resto del año). En fin, no podría imaginar un hogar para el fantasma más diferente del original, ese Her Majesty’s Theatre de Londres, del que guardo varias anécdotas que me traen muchos recuerdos (en fin, supongo que eso querrá decir que me estoy haciendo vieja…), pero que, como diría Michael Ende en La historia interminable, nada tienen que ver con nuestra historieta americana y, por lo tanto, no caben aquí…

¿Qué estaba diciendo? ¡Ah, sí! En fin, no nos apetecía enclaustrarnos en ningún casino, hacía demasiado buen día, así que nos echamos los pies al hombro y continuamos el paseo… A continuación, entramos en el Fashion Show Mall (ya sabéis, los centros comerciales o malls, hábitat natural de los yanquis), que como su propio nombre indica, sobre todo, tenía tiendas de trapos... Entre ellas, tuvimos la oportunidad de entrar y echarle un ojo al famoso Bloomingdale's, famoso básicamente porque Rachel Green, useasé, Jennifer Aniston en Friends, trabajó allí una temporada... Tras echarle un vistazo a los precios (que por aquel entonces no eran tan jugosos al cambio como ahora), comprobamos los gustos tan exquisitos de Rachel, ¡vaya precios, ché!

Lo segundo que nos llamó la atención fue encontrar un bar de tapas en el Fashion Show Mall, un lugar llamado Ba Ba Reeba… Curioseamos con interés la carta y comprobamos que ¡no tenía tan mala pinta como imaginábamos! (francamente, no creo que fuera tan malo como aquel que visitamos en Scottsdale)… Según veo en la página web, incluso dan clases para aprender a cocinar paella… En fin, los ingredientes de las paellas son imaginativos (recuerdo que la mixta tenía ¡¡¡chorizo!!!) —algún día os hablaré de mi purismo por la paella… Una faceta de mi carácter que me hace realmente insoportable—, pero la tapa de albóndigas, por ejemplo, parecía bastante realista, aunque eso sí, todo con un punto pijo y ferranadriero para justificar su emplazamiento en un centro comercial de ropa de marca.

Como supondréis, no nos quedamos allí, sino que continuamos ¡más hacia el norte! por delante del brillante Wynn, del New Frontier y del todavía en pie Stardust… El paisaje en esta zona de la Strip es ligeramente diferente de lo que habíamos recorrido hasta entonces: los hoteles se espaciaban más entre sí (había mucho más terreno vacío entre ellos) y en muchos casos, se notaba que había habido demoliciones (de esas que tanto les gustan) y, por lo demás, la fisonomía de grandes y espectaculares casinos con imaginativas fachadas a lo parque de atracciones cambiaba para mostrar más terrenos con edificios privados, bloques de pisos y apartamentos de lujo y algún que otro campo de golf, todo ello en construcción.

Un poco más adelante, entre el hotel Riviera y el mítico Sahara (dos de los grandes antiguos hoteles-casinos que a saber hasta cuándo durarán en pie) se encontraba una curiosa zona llena de motelitos bajos y, cómo no, de las famosas capillas exprés de Las Vegas, cosa de la que os hablaré en el siguiente post.

[Fotos: 1) Crema antipicores que me compré en la farmacia de Las Vegas -Nota mental: ¡Tírala, Julia, está caducada ya!-, 2) Una servidora con el cartelón del Fantasma de la Ópera del Venetian detrás. También se ve un cachito de las reproducciones venecianas, 3) El Fashion Show Mall desde el otro lado de la Strip, 4) El Fashion Show Mall desde su propio lado de la Strip. También se ve un autobus de los de Deuce, de los que ya os hablé anteriormente, 5) El interior del bar español, 6) El final de la Strip, vista desde la planta superior del Stratosphere, en la que podéis ver lo que os cuento: ese primer hotel que se ve a la izquierda es el Sahara y el siguiente edificio bajito es el Riviera. entre ellos, se están construyendo zonas privadas. El edificio que se ve justo a la derecha de la foto es un rascacielos de apartamentos de lujo que aún estaba en construcción... Se ve todo mejor si ampliáis la foto].

domingo, 4 de mayo de 2008

Cine en Las Vegas II


Ya os he hablado de algunas películas imprescindibles para pasearse a pie de calle por Las Vegas. Sólo me falta comentar algunas comedias ambientadas en Las Vegas y otras películas que han utilizado el desenfreno lasvegueño como excusa.

Todas ellas forman un entretenido collage de escenas que probablemente conoceréis u os sonarán... Ahí van unas cuantas:

Nicolas Cage, sin duda es el “actor-vegas” por excelencia: no sé cómo lo hace, ¡pero siempre termina allí! Antes de su afición etílica de Leaving Las Vegas, en 1992 se casa con Sarah Jessica Parker (sí, sí, la tipeja de Sexo en Nueva York) con imitadores de Elvis incluidos en Honeymoon in Vegas (1992)… Y, por supuesto, todos recordaréis a ese bondadoso Nicolas Cage de Con Air (1997), encerrado con el loco de John Malkovich metido en un avión, estampándose al final de la película contra un hotel de la Strip (no me acuerdo de cual).

Además, tenemos la categoría “comedias de fenómenos paranormales-marcianos que ocasionan una comedia delirante”. Probablemente, no puede haber mejor escenario que LasVegas para algo así… Seguro que recordaréis al bebé de dos metros de altura de Cariño he agrandado al niño (1992), tratando de tocar la guitarra gigante de Rodolfo Chiquilicuatre, esa del Downtown Vegas… Sin olvidar que siempre tuvimos la sensación de que estábamos en Marte… ¿Quién podría olvidar el homenaje lasvegueño de Tim Burton en Mars Attacks con la actuación de Tom Jones, un icono de Las Vegas casi a la altura de Elvis? (por cierto, está actuando en el Coliseo del Caesar’s Palace, donde transcurre parte de la acción de la película). A la subcategoría de marcianos piraos que aterrizan en la tierra pertenece también ¿De qué planeta vienes? (2000), en la que un marciano disfrazado de humano trata de fecundar a Annette Benning para repoblar su especie y en su lugar, se encuentra casándose con ella en Las Vegas… Desternillante, sobre todo cuando el pobre marciano (interpretado por Garry Shandling) se pone a zumbar como un condenado cada vez que se excita...

Por supuesto esta última también comparte categoría con otro subgénero muy trillado en las comedias lasvegueñas, que es el relacionado con los matrimonios, los divorcios y todo lo que hay entre medias... A este género pertenece, aparte de la mencionada de Nicolas Cage, Crueldad intolerable (2003) en la que George Clooney es un abogado matrimonialista y Catherine Z. Jones una viuda negra sacaduras. Tengo que reconocer que no la he visto entera, pero tiene pinta de ser graciosa… Estas cosas de las bodas son una mina inagotable, y no sólo para las comedias: si no, que se lo digan a Robert Redford (eso es un galán de cine y lo demás son tonterías, ché) que le ofreció a Woody Harrelson un milloncejo de dólares por beneficiarse a su esposa, Demi Moore, en Una proposición indecente (1993)…

En fin, un montón de pelis ha habido y otro montón que nos queda por ver y si no, para muestra, dos botones que llegan a nuestras pantallas dentro de ná:

· 21: Blackjack (2008) en la que Kevin Spacey es un peculiar profe mates en el MIT que prepara a un limitado grupo de excepcionales alumnos para llevarlos a Las Vegas a que cuenten cartas en las mesas de blackjack. Por lo visto, la peli está basada en hechos reales (una acaba por preguntarse si hay alguna peli americana que no lo esté…). Seguro que esta está bien.

· Algo pasa en Las Vegas (2008), otra de las del género bodas, en la que Cameron Díaz está a vueltas con Ashton Kutcher en ese dilema tan habitual en Las Vegas: ¿qué hago con este tío con el que me casé ayer por la noche después de la peaso borrachera?

Aquí termina la sección “pelis en Las Vegas” que me ha bloqueado durante tanto tiempo... En todo caso, tenéis que comprenderme: ya tengo la cabeza más puesta en Basilea que otra cosa...

(Por cierto, olvidaba deciros que parte de la información para este par de posts la he sacado de aquí).

(¡Gracias a Laurijapo, que me ha dejado poner su vídeo de Tom Jones de Mars Attack!).

jueves, 13 de marzo de 2008

Cine en Las Vegas I



Como Nicolas Cage en Leaving Las Vegas... (siento poneros el videoclip de youtube en lugar de la canción con "tira" de radio, pero no la he encontrado...), esa es una frase con un enorme significado, una gran canción de Amaral que, además de servirme en muchas ocasiones de "salvapantallas mental", también la utilizo esta vez como excusa para introduciros este post… Y es que, como os decía en el anterior post introductorio, Las Vegas ha sido, es y será el escenario de muchas grandes producciones de Hollywood

Lo cierto es que acabo de ver Leaving Las Vegas, porque no quería escribir sobre el cine lasvegueño sin haberme puesto en antecedentes… Y ahora, claro, se me antoja, quizás, demasiado positiva la canción para el Nicolas Cage (que no el de Ramón Calderón…) de Leaving Las Vegas.

Las películas lasvegueñas recorren todo el espectro: desde Leaving Las Vegas que está en el extremo más dramático, hasta las comedias más alocadas como Mars Attack o ¿De qué planeta vienes? Luego, por supuesto, están las que centran toda la acción de la película en la ciudad del pecado, como Casino o las que se permiten un final apoteósico entre luces de neón o una "cana al aire" de sus personajes, sin que eso necesariamente implique que Las Vegas sea más que un invitado de excepción. He aquí cuatro (más bien cinco) que me parecen imprescindibles:

Rain Man (1988)

Precisamente, he empezado con la única de las cuatro que no se desarrolla totalmente en Las Vegas, pero por lo que recuerdo de ella, es una película maravillosa, en la que Dustin Hoffman interpreta a Raymond (de ahí lo de rain-man), el inteligentísimo hermano autista de Charlie Babbitt (un jovencísimo Tom Cruise), un despiadado vendedor de coches de Los Angeles. Por supuesto, en su afán sin límites por sacarle partido a su recién descubierto hermano, Babbitt decide llevar a Raymond a los casinos de Las Vegas, para que cuente las cartas en las mesas de Black Jack (cosa que, por cierto, está totalmente prohibida, aunque el que lo haga un autista superdotado, sin más ayuda que la de su mente).

Ganó cuatro Óscars de aquel año: mejor película, mejor director, mejor guión original y mejor actor principal para Dustin Hoffman (la verdad es que está que se sale, en un papel que me recordó al de Cowboy de medianoche… Aunque, ya lo sé, no tenga nada que ver).

Casino (1995)

Pocas veces me oiréis alabar a Scorsese. Lo sé, muchos torceréis el gesto cuando leáis esto, pero es que no lo soporto. No soporto que haya tanta gente alabando a un director de cine tan absolutamente mediocre cuando hay otros mil veces mejores que no se llevan tantos laureles. Pero esta vez será la excepción.

Y lo es porque Casino me sorprendió positivamente (lo hizo porque me senté a verla con el gesto torcido y pronto dejé a un lado mis prejuicios), aunque también tengo que decir que lo que más me gustó fue el principio... Desgraciadamente, va perdiendo fuelle y, al final, acabé por aburrirme.

En fin, el argumento, a grandes rasgos, es el siguiente: Sam Rothstein (Robert de Niro), un corredor de apuestas, es contratado por las familias mafiosas de Chicago y Kansas City para regentar el hotel-casino Tangiers, para que les asegure unas cuantiosas ganancias, por supuesto, ilegales. Además, la mafia envía a uno de sus amigos de la infancia,un violento psicópata, Nicky Santoro (un aterrador Joe Pesci), para que proteja a Sam en su empresa. En la vida de Sam aparece una buscavidas-carne de casino, Ginger McKenna (Sharon Stone), de la cual se enamora y con la que mantiene una turbulenta historia de amor, sazonada por el alcohol, el exceso de dinero, las drogas y los engaños...

El argumento no es más que ese (bueno, en realidad, es mucho más complicado, pero no sería capaz de contar todas las idas y venidas mafiosas que da), pero el indiscutible mérito de Casino es que es capaz de recrear con muchísima precisión un ambiente viciado y corrupto, de alguna manera histórico en Las Vegas, que, como bien dice el personaje de De Niro al final de la película: “The town will never be the same. After the Tangiers, the big corporations took it all over.Today it looks like Disneyland”. Pues eso.

Un apunte más sobre Casino: Se supone que está inspirada en una novela de Nicholas Pileggi, que a su vez está inspirada en la vida del director del Stardust, el Fremont y el Hacienda durante los setenta y los ochenta. El tipo este se llama Frank "Lefty" Rosenthal y su página web es de coña. Por cierto, es verdad que el tipo está fichado por la comisión de juego de Nevada. Aquí se puede consultar su ficha.

Ocean’s Eleven (1960 / 2001)

Bueno, por supuesto este es un doblete de películas que no se puede ignorar si se habla de películas que tratan a Las Vegas y sus casinos como un personaje más.

Tengo que decir que de la película original, con Frank Sinatra y su Rat Pack (del que ya hablaré cuando me apetezca ponerme a escribir sobre ellos en algún momento posterior), sólo he visto el final, pero que, igual que su sucesora, de no ser el tema Las Vegas, probablemente, ni me molestaría en hablar de ella... Creo que ambas son películas bastante prescindibles.

En la primera, el grupo de Danny Ocean (Frank Sinatra), formado por diez veteranos del ejército del aire, se propone robar las cajas fuertes de cinco casinos de la Strip (Sands, Desert Inn, Flamingo, Riviera y Sahara), provocando un apagón en toda la ciudad la noche de Nochevieja. Sin embargo, las cosas no salen como ellos habían planeado.

En la segunda, Danny Ocean (George Clooney), nada más salir de la cárcel en libertad condicional, reúne a un grupo de diez ladrones de todo tipo para saltar la cámara acorazada compartida del Bellagio, el Mirage y el MGM Grand. Planean dar el golpe durante una esperada final de boxeo, cuando la cámara estará más llena de efectivo. Por supuesto, esta vez, el equipo de Ocean tendrá que hacer algo más que saltar los plomos para poder hacerse con el botín.

Como curiosidad, os diré que ambas tienen finales diferentes (los chicos de Clooney salen mejor parados, no os desvelaré más) y los “guapos” también son diferentes, adaptados cada cual a los tiempos que corrían en cada momento (sí, chicos, sí, el 2001 se va alejando, y seguro que dentro de no demasiado, las jovencitas os mirarán con cara rara cuando les digáis que George Clooney era un cañón en vuestra época y dirán "¡Ese abuelete?")… Personalmente, pienso que el canon de belleza a lo Frank Sinatra demuestra que en los años 60, el estándar de "guapura" masculina estaba más bien bajo, pero también es cierto que la película original suple la falta de efectos especiales y trepidación con un característico sentido del humor muy cínico y una estética que muestra Las Vegas a pie de calle. Por su parte, la versión moderna se recrea en el lujo del Bellagio (sin duda, os hablaré de él...) y en la rapidez que caracteriza a los taquillazos de Hollywood modernos.

Por lo demás, después de haber visto Ocean's Twelve, pienso que podrían haberse contentado con dejarlo en un solo remake, porque la segunda parte de Ocean's eleven es una paja mental como una catedral (sólo merece la pena la pequeña broma de Julia Roberts y su doblete de personajes -cameo incluido-)... No he visto la tercera, pero si es la mitad de mala que la segunda, entonces no merece la pena.

Leaving Las Vegas (1995)

Y por fin llego a la que he visto esta noche, Leaving Las Vegas, que me ha dejado impresionada. Creo que es una imprescindible lasvegueña, porque se encarga de contraponer la miseria que puede destilarse (nunca mejor dicho) de ese glamour de neón que todas las otras películas se empeñan en plasmar (bueno, salvo Casino, que también se enorgullece del neón, a través de la violencia mafiosa).

Supongo que el secreto de Leaving Las Vegas está en la sencillez de su argumento: Ben Anderson (Nicolas Cage) es un guionista alcohólico empedernido que lo pierde todo en Los Angeles debido a su desmedida afición a la bebida. Cuando le despiden toma la decisión desesperada de marcharse a Las Vegas para dejar que la bebida acabe con él mientras viven en la ciudad del pecado. Allí, se topa con una prostituta (Elisabeth Shue), con la que traba una relación condenada por su decisión de morir por la bebida.

Sí, la verdad es que si suena terrible es porque lo es, pero merece la pena verla, porque se respira ese ambiente de perdición extrema tan característico de Las Vegas, se intuye lo que ocurre con la prostitución (ese tema tabú -curiosamente- en una comunidad sustentada en los vicios y los excesos), se pasea a pie de calle por esa ciudad en la que no todo es glamour y uno se deja llevar por la autodestrucción… Como Nicolas Cage en Leaving Las Vegas.

Como curiosidad, os contaré que la peli está inspirada en una novela semi-autobiográfica de John O'Brien, que se suicidó durante la preproducción de la película. Nicolas Cage ganó un merecidísimo Óscar por su papel (y también el Globo de Oro) y estuvo nominada al Óscar de mejor actriz para Elisabeth Shue, mejor director y mejor guión adaptado.

miércoles, 12 de marzo de 2008

El éxito en pantalla de Las Vegas

Puesto que habéis conocido nuestras primeras andanzas por ese mundo tornasolado que es la Strip, quiero hacer un pequeño kit-kat en mi pormenorizada narración para hablaros de algo que también me interesaba mucho comentar aquí: la atracción que las cámaras tienen por Las Vegas.

Porque, nadie lo negará, Las Vegas es una ciudad cinematográfico-televisiva a más no poder: todos hemos visto alguna peli ambientada en Las Vegas, o los personajes de nuestra serie favorita han acabado allí por un golpe del destino (¿casi siempre alocado o desafortunado?)... O simplemente, hay que ser marciano para no haber visto, aunque sea de refilón, algún capítulo de CSI Las Vegas... En fin, las cámaras quieren a Las Vegas y Las Vegas quiere a las cámaras, como decía Roxie Hart en Chicago, seguramente será porque "ninguno de ellos recibió suficiente amor durante su infancia"… ¿Quién podría resistirse al lujo y al glamour de todos los colores?

Para hablaros con un poco más de detalle sobre este tema, y ya que ahora conocéis un poquito mejor los hoteles que pueblan este estrambótico oasis en medio del desierto, os dedico los siguientes posts, sobre cine en Las Vegas (próximamente escribiré alguno sobre las series de televisión).

jueves, 6 de marzo de 2008

Primer paseo por la Strip V y final: De cómo jugamos al Quimicefa

En fin, teníamos hambre y ya estábamos empezando a estar cansados de zascandilear de casino en casino. Nos paramos en la acera de enfrente al Caesars Palace, junto a un lugar llamado Margaritaville de cuyas entrañas brotaban grupos de fiesteros con copas gigantes de margaritas... La verdad es que me habría gustado entrar en aquel sitio en algún momento, pero no lo hicimos porque tenía una pinta muy discotequera (leyendo en internet, me entero de que también servían comida. Las hamburguesas tienen un tamaño espectacular... Qué rabia no haberlo sabido). El ceño fruncido de Pablo casi cruzaba la calle, pero a medida que nos fuimos alejando del Caesars Palace, su enfado se fue diluyendo.

La verdad es que tendríamos que habernos informado mejor de dónde comer en Las Vegas (en infinidad de series y pelis he oído que todos los que van allí se comen unos steaks estupendos por cuatro duros... Nosotros no los encontramos, oiga), pero la mala costumbre que tienen los yanquis de no poner los precios en la puerta provocó que no nos atreviéramos demasiado a innovar, ya que aún no disfrutábamos del actual cambio dólar-euro que, por ejemplo, César está disfrutando ahora (y yo estoy sufriendo, cada vez que trabajo con americanos...). Curioseamos el Flamingo, el Imperial Palace y el Harrah’s: Todos ellos me parecieron terriblemente agobiantes: de techos bajos, lucecitas chillonas por todas partes y máquinas tragaperras hasta aburrir. El problema con todos aquellos casinos era un poco el mismo que el del Corte Inglés: que sabes que si entras, vas a tardar una eternidad en salir de allí, sin encontrar lo que buscas, por supuesto.

Ya estábamos pensando en comprarnos cualquier cosa de comer en algún puestecillo callejero, cuando llegamos al hotel Casino Royale (sí, sí, igual que la peli de James Bond, aunque en realidad, el Casino Royale de la peli esté en Montenegro... Bah, un detallito), que por suerte, tenía un Denny’s. Sé que este comportamiento de “mejor restaurante malo conocido que bueno por conocer” es algo que criticamos mucho aquí de los yanquis que salen al extranjero y terminan indefectiblemente en el McDonald’s de turno, pero ya os digo, si no hubiéramos tenido tanta restricción presupuestaria, nos habríamos atrevido a algo más.

En fin, el caso es que el hambre ya acuciaba ya demasiado como para pensárselo dos veces, por lo que entramos en nuestro viejo conocido Denny's, a zamparnos una de esas hamburguesas que tanto nos consolaban durante nuestros primeros días en la árida Arizona… La verdad es que el ambiente del restaurante este era gracioso: imaginaos algo parecido a un Vips (quizás con un punto más popular: he comprobado que los Vips últimamente están de lo más pijos), en mitad de la ciudad madre de todos los pecados, aquello parecía un reducto de un parque infantil, lleno de familias con niños pequeños de todos los tamaños, desde bebés hasta críos de esos que te dan la cena corriendo de arriba abajo. Allí se podía comprobar que la política turística de hacer Las Vegas un lugar más familiar tampoco era una locura (más adelante, pudimos volver a ver aquel curioso fenómeno en el Circus, circus), porque estaba claro que a Las Vegas no sólo acuden despedidas de soltera, cincuentones que celebran sus segundas nupcias, abuelas ludópatas o solterones con ganas de irse de putas: también había allí happy families que disfrutaban, qué sé yo, de las lucecitas y la musiquita de las tragaperras.

Pues en eso estábamos, después de pedir nuestras hamburguesas (sé que Pablo se pidió una enorme), bebiendo el brebaje que en este país llaman Coca cola, cuando nos pusimos a pensar en lo curioso que es que la Coca cola sepa diferente allí que en España. Desde que llegamos, lo habíamos notado muchísimo: los refrescos de cola ocupan un lugar totalmente diferente en la “escala alimenticia” en Estados Unidos. Cuando aquí en España consumimos Coca cola es: 1) Como sustitutivo de bebida alcohólica cuando salimos de tapas, 2) Como acompañamiento a la comida en algunos casos (los que la beben en todas las comidas, aparte de tener adicción, están exageradamente obesos), 3) Cuando nos sentimos mal del estómago o nos baja la tensión o el azúcar, 4) Para desatascar cañerías (sólo funciona con tuberías poco atoradas, si no, preguntádselo a Pablo, que el otro día lo intentó y el lavabo le escupió la Coca cola). En Estados Unidos, además de para todas esas cosas, también se utiliza como postre. “¡¡¡¡¡Cómo postre!!!!!”, exclamaréis extrañados. Sí, sí, como postre o base para postres (junto con helado de vainilla, batido de chocolate o tarta). Claro, lo pensaréis y os lo imaginaréis asqueroso, pero es que resulta que la Coca cola americana es muuuuuuuucho más dulce que la que bebemos aquí. Y claro, como la receta es secreta (por lo menos, los ingredientes esenciales), pues no sabemos lo que le ponen en cada sitio, pero he leído por internet, que los edulcorantes que se utilizan son diferentes en cada país... Lo que nosotros teníamos claro es que la Coca cola de aquí es menos dulzona, así que se nos ocurrió la loca idea de que quizás, añadiéndole un poquito de sal (NaCl), quizás podríamos contrarrestar químicamente el efecto de los edulcorantes. Pues sí, nos atrevimos a echarle un poquito a nuestras bebidas, eh voilà!, después de un satisfactorio burbujeo, la Coca cola sabía mucho más parecido a lo que se bebe aquí. Con lo bien que aquello había funcionado, nos pertrechamos de sobrecitos de sal (aún llevo alguno en la cartera. Me gusta pensar que, al fin y al cabo, si viviéramos en épocas romanas, casi podría utilizarlos como calderilla, más que para adulterar la Coca cola) para futuras Coca colas y nos comimos con mucho gustazo las hamburguesas que nos sirvieron (Uf! Cuando uno tiene hambre, la comida sabe a gloria!).

Una vez tuvimos el estómago lleno, nos dispusimos a hacer el camino de vuelta al hotel, dando un agradable paseo nocturno (¿qué serían? ¿las doce, la una? Llevábamos meses sin respirar el aire a esas horas de la noche. Resultaba liberador) por la acera oeste (la del Caesars Palace. El Casino Royale está en la este). A nuestro paso por delante de la pesadilla peplumiana de Pablo, contemplamos la colorida reproducción de la Fontana de Trevi (por lo menos, Pablo con el estómago lleno no se ofendió por esto, después de haber visto el interior del casino, estaba curado de espanto), donde alguien se ofreció a hacernos la foto que os pongo. También vimos los carteles publicitarios de Céline Dion, las estatuas del exterior del jardín (había una de Augusto que te “encantó”, ¿no? Mmmm), pasamos rápidamente frente al Bellagio y su impresionante fuente y después pasamos frente a un descampado en obras (sí en un lugar de constante cambio como Las Vegas es normal que haya zonas como esas también), para alcanzar el Montecarlo y después, el New York, New York (ya estaban más cerca nuestras camitas).

Por supuesto, no podíamos retirarnos aquella primera noche, sin jugarnos algo, ¿no? Así que perdimos nuestro primer dólar en las tragaperras (en fin, no es que seamos demasiado ludópatas: nos podía la racanería) y comprobamos que las tragaperras son un negocio redondo (para el casino): se gana difícilmente ¡y se pierde con mucha facilidad!



Y así acabó nuestro primer día en la ciudad más pecadora y estrambótica del mundo.

(Fotos: 1) Trocito del mapa que recorrimos en este post. Después hicimos el camino de vuelta, 2) El Margaritaville, foto de Flickr, de cjohnson1111784, 3) El Casino Royale, foto de Picasa, de María de los Ángeles, 4) El exterior del Denny's en el que entramos, foto de Picasa, de MaiCuc, 5) Foto-demostración de nuestras adulteraciones de la Coca cola, cosecha propia, 6) Pablo, frente a la Fontana di Trevi putativa, cosecha propia, 7) Pablo y yo en el mismo sitio que la foto anterior, 8) Zona de obras con el Bellagio y el Caesars Palace de fondo, 9) ¡Nuestra primera apuesta de un dólar en la tragaperras! Pablo está metiendo el billete por la ranurilla correspondiente).