jueves, 8 de mayo de 2008

Amanece en Las Vegas city...

Lo primero que recuerdo de nuestro segundo día en Las Vegas (para que os situéis, era miércoles 20 de septiembre de 2006) es que me desperté ¡¡¡casi a mediodía!!! con un picor muy molesto en las piernas. Con disgusto, comprobé que la bendita cera depilatoria me había dado alergia y tenía todas las piernas cubiertas de granitos rojos…

Después de tomarnos un rápido café en uno de los puestos del pseudo-Manhattan cartonpiédrico de nuestro hotel, el New York, New York, salimos al solete lasvegueño, que sin duda, era más agradable que el de Arizona... Por supuesto, nuestro primer destino era la farmacia más cercana, a ver si podíamos encontrar algo que me calmara la comezón de las piernas. De nuevo, nos encaminamos hacia el norte de la Strip (os recuerdo que hacia el sur sólo estaban el Excalibur, el Luxor y el Mandalay Bay) y delante del Montecarlo (el hotel contiguo al nuestro) un negrata con una ligera pinta de rastafari nos entregó unos tickets de descuento para tomarnos una copa en el Montecarlo (mira que en Huertas siempre solemos huir de estos pesaos de los tiquecitos, pero aquí nos la colaron, luego resultó que ni siquiera existían los bares que aparecían en el chequecillo que nos había dado) y le preguntamos por la farmacia. Nos indicó que un poco más adelante había una de esas CVS/Pharmacy y allá que nos fuimos. Como ya os expliqué hace ya un porrón de posts, el principal problema que tienen las farmacias americanas es que los productos que uno puede comprar over-the-counter (literalmente, por fuera del mostrador) se limitan a una colección de artículos de la parafarmacia del Corte Inglés (me atrevería a afirmar que ésta es más completa que aquéllas)… Vamos, nada que pudiera acabar con mi picor de manera eficaz. Me compré la Anti-Itch Cream –un external analgesic- que veis en la foto (supongo que por “itch” entenderían ligero picorcillo sin importancia, porque a mí sólo me aliviaba momentáneamente después de emplastarme las piernas a base de bien).

A pesar de todo, aún no me estaba muriendo (eso llegaría después, ya en Tempe…), por lo que continuamos nuestro periplo hacia el norte, decididos a llegar lo más lejos posible Strip arriba. Pasamos por delante de todos los casinos en los que habíamos entrado la noche anterior (Podéis leerlo todo en los siguientes posts: I, II, III, IV y V), hasta pasar el Casino Royale y encontrarnos delante del Venetian, otro de los hitos de esta ciudad del cartonpiedrismo, no sólo por eso y por su “fiel” reproducción de los monumentos más significativos de la ciudad italiana, sino porque ha sido el hogar de mi querido Phantom of the Opera de Andrew Lloyd Weber en Las Vegas, que también se enorgullece de haber impulsado algunos de los espectáculos musicales más conocidos del mundo (y si no, que se lo digan a los de la franquicia del Cirque du Soleil, que aquí hacen su agosto, su septiembre y todo el resto del año). En fin, no podría imaginar un hogar para el fantasma más diferente del original, ese Her Majesty’s Theatre de Londres, del que guardo varias anécdotas que me traen muchos recuerdos (en fin, supongo que eso querrá decir que me estoy haciendo vieja…), pero que, como diría Michael Ende en La historia interminable, nada tienen que ver con nuestra historieta americana y, por lo tanto, no caben aquí…

¿Qué estaba diciendo? ¡Ah, sí! En fin, no nos apetecía enclaustrarnos en ningún casino, hacía demasiado buen día, así que nos echamos los pies al hombro y continuamos el paseo… A continuación, entramos en el Fashion Show Mall (ya sabéis, los centros comerciales o malls, hábitat natural de los yanquis), que como su propio nombre indica, sobre todo, tenía tiendas de trapos... Entre ellas, tuvimos la oportunidad de entrar y echarle un ojo al famoso Bloomingdale's, famoso básicamente porque Rachel Green, useasé, Jennifer Aniston en Friends, trabajó allí una temporada... Tras echarle un vistazo a los precios (que por aquel entonces no eran tan jugosos al cambio como ahora), comprobamos los gustos tan exquisitos de Rachel, ¡vaya precios, ché!

Lo segundo que nos llamó la atención fue encontrar un bar de tapas en el Fashion Show Mall, un lugar llamado Ba Ba Reeba… Curioseamos con interés la carta y comprobamos que ¡no tenía tan mala pinta como imaginábamos! (francamente, no creo que fuera tan malo como aquel que visitamos en Scottsdale)… Según veo en la página web, incluso dan clases para aprender a cocinar paella… En fin, los ingredientes de las paellas son imaginativos (recuerdo que la mixta tenía ¡¡¡chorizo!!!) —algún día os hablaré de mi purismo por la paella… Una faceta de mi carácter que me hace realmente insoportable—, pero la tapa de albóndigas, por ejemplo, parecía bastante realista, aunque eso sí, todo con un punto pijo y ferranadriero para justificar su emplazamiento en un centro comercial de ropa de marca.

Como supondréis, no nos quedamos allí, sino que continuamos ¡más hacia el norte! por delante del brillante Wynn, del New Frontier y del todavía en pie Stardust… El paisaje en esta zona de la Strip es ligeramente diferente de lo que habíamos recorrido hasta entonces: los hoteles se espaciaban más entre sí (había mucho más terreno vacío entre ellos) y en muchos casos, se notaba que había habido demoliciones (de esas que tanto les gustan) y, por lo demás, la fisonomía de grandes y espectaculares casinos con imaginativas fachadas a lo parque de atracciones cambiaba para mostrar más terrenos con edificios privados, bloques de pisos y apartamentos de lujo y algún que otro campo de golf, todo ello en construcción.

Un poco más adelante, entre el hotel Riviera y el mítico Sahara (dos de los grandes antiguos hoteles-casinos que a saber hasta cuándo durarán en pie) se encontraba una curiosa zona llena de motelitos bajos y, cómo no, de las famosas capillas exprés de Las Vegas, cosa de la que os hablaré en el siguiente post.

[Fotos: 1) Crema antipicores que me compré en la farmacia de Las Vegas -Nota mental: ¡Tírala, Julia, está caducada ya!-, 2) Una servidora con el cartelón del Fantasma de la Ópera del Venetian detrás. También se ve un cachito de las reproducciones venecianas, 3) El Fashion Show Mall desde el otro lado de la Strip, 4) El Fashion Show Mall desde su propio lado de la Strip. También se ve un autobus de los de Deuce, de los que ya os hablé anteriormente, 5) El interior del bar español, 6) El final de la Strip, vista desde la planta superior del Stratosphere, en la que podéis ver lo que os cuento: ese primer hotel que se ve a la izquierda es el Sahara y el siguiente edificio bajito es el Riviera. entre ellos, se están construyendo zonas privadas. El edificio que se ve justo a la derecha de la foto es un rascacielos de apartamentos de lujo que aún estaba en construcción... Se ve todo mejor si ampliáis la foto].

domingo, 4 de mayo de 2008

Cine en Las Vegas II


Ya os he hablado de algunas películas imprescindibles para pasearse a pie de calle por Las Vegas. Sólo me falta comentar algunas comedias ambientadas en Las Vegas y otras películas que han utilizado el desenfreno lasvegueño como excusa.

Todas ellas forman un entretenido collage de escenas que probablemente conoceréis u os sonarán... Ahí van unas cuantas:

Nicolas Cage, sin duda es el “actor-vegas” por excelencia: no sé cómo lo hace, ¡pero siempre termina allí! Antes de su afición etílica de Leaving Las Vegas, en 1992 se casa con Sarah Jessica Parker (sí, sí, la tipeja de Sexo en Nueva York) con imitadores de Elvis incluidos en Honeymoon in Vegas (1992)… Y, por supuesto, todos recordaréis a ese bondadoso Nicolas Cage de Con Air (1997), encerrado con el loco de John Malkovich metido en un avión, estampándose al final de la película contra un hotel de la Strip (no me acuerdo de cual).

Además, tenemos la categoría “comedias de fenómenos paranormales-marcianos que ocasionan una comedia delirante”. Probablemente, no puede haber mejor escenario que LasVegas para algo así… Seguro que recordaréis al bebé de dos metros de altura de Cariño he agrandado al niño (1992), tratando de tocar la guitarra gigante de Rodolfo Chiquilicuatre, esa del Downtown Vegas… Sin olvidar que siempre tuvimos la sensación de que estábamos en Marte… ¿Quién podría olvidar el homenaje lasvegueño de Tim Burton en Mars Attacks con la actuación de Tom Jones, un icono de Las Vegas casi a la altura de Elvis? (por cierto, está actuando en el Coliseo del Caesar’s Palace, donde transcurre parte de la acción de la película). A la subcategoría de marcianos piraos que aterrizan en la tierra pertenece también ¿De qué planeta vienes? (2000), en la que un marciano disfrazado de humano trata de fecundar a Annette Benning para repoblar su especie y en su lugar, se encuentra casándose con ella en Las Vegas… Desternillante, sobre todo cuando el pobre marciano (interpretado por Garry Shandling) se pone a zumbar como un condenado cada vez que se excita...

Por supuesto esta última también comparte categoría con otro subgénero muy trillado en las comedias lasvegueñas, que es el relacionado con los matrimonios, los divorcios y todo lo que hay entre medias... A este género pertenece, aparte de la mencionada de Nicolas Cage, Crueldad intolerable (2003) en la que George Clooney es un abogado matrimonialista y Catherine Z. Jones una viuda negra sacaduras. Tengo que reconocer que no la he visto entera, pero tiene pinta de ser graciosa… Estas cosas de las bodas son una mina inagotable, y no sólo para las comedias: si no, que se lo digan a Robert Redford (eso es un galán de cine y lo demás son tonterías, ché) que le ofreció a Woody Harrelson un milloncejo de dólares por beneficiarse a su esposa, Demi Moore, en Una proposición indecente (1993)…

En fin, un montón de pelis ha habido y otro montón que nos queda por ver y si no, para muestra, dos botones que llegan a nuestras pantallas dentro de ná:

· 21: Blackjack (2008) en la que Kevin Spacey es un peculiar profe mates en el MIT que prepara a un limitado grupo de excepcionales alumnos para llevarlos a Las Vegas a que cuenten cartas en las mesas de blackjack. Por lo visto, la peli está basada en hechos reales (una acaba por preguntarse si hay alguna peli americana que no lo esté…). Seguro que esta está bien.

· Algo pasa en Las Vegas (2008), otra de las del género bodas, en la que Cameron Díaz está a vueltas con Ashton Kutcher en ese dilema tan habitual en Las Vegas: ¿qué hago con este tío con el que me casé ayer por la noche después de la peaso borrachera?

Aquí termina la sección “pelis en Las Vegas” que me ha bloqueado durante tanto tiempo... En todo caso, tenéis que comprenderme: ya tengo la cabeza más puesta en Basilea que otra cosa...

(Por cierto, olvidaba deciros que parte de la información para este par de posts la he sacado de aquí).

(¡Gracias a Laurijapo, que me ha dejado poner su vídeo de Tom Jones de Mars Attack!).

jueves, 13 de marzo de 2008

Cine en Las Vegas I



Como Nicolas Cage en Leaving Las Vegas... (siento poneros el videoclip de youtube en lugar de la canción con "tira" de radio, pero no la he encontrado...), esa es una frase con un enorme significado, una gran canción de Amaral que, además de servirme en muchas ocasiones de "salvapantallas mental", también la utilizo esta vez como excusa para introduciros este post… Y es que, como os decía en el anterior post introductorio, Las Vegas ha sido, es y será el escenario de muchas grandes producciones de Hollywood

Lo cierto es que acabo de ver Leaving Las Vegas, porque no quería escribir sobre el cine lasvegueño sin haberme puesto en antecedentes… Y ahora, claro, se me antoja, quizás, demasiado positiva la canción para el Nicolas Cage (que no el de Ramón Calderón…) de Leaving Las Vegas.

Las películas lasvegueñas recorren todo el espectro: desde Leaving Las Vegas que está en el extremo más dramático, hasta las comedias más alocadas como Mars Attack o ¿De qué planeta vienes? Luego, por supuesto, están las que centran toda la acción de la película en la ciudad del pecado, como Casino o las que se permiten un final apoteósico entre luces de neón o una "cana al aire" de sus personajes, sin que eso necesariamente implique que Las Vegas sea más que un invitado de excepción. He aquí cuatro (más bien cinco) que me parecen imprescindibles:

Rain Man (1988)

Precisamente, he empezado con la única de las cuatro que no se desarrolla totalmente en Las Vegas, pero por lo que recuerdo de ella, es una película maravillosa, en la que Dustin Hoffman interpreta a Raymond (de ahí lo de rain-man), el inteligentísimo hermano autista de Charlie Babbitt (un jovencísimo Tom Cruise), un despiadado vendedor de coches de Los Angeles. Por supuesto, en su afán sin límites por sacarle partido a su recién descubierto hermano, Babbitt decide llevar a Raymond a los casinos de Las Vegas, para que cuente las cartas en las mesas de Black Jack (cosa que, por cierto, está totalmente prohibida, aunque el que lo haga un autista superdotado, sin más ayuda que la de su mente).

Ganó cuatro Óscars de aquel año: mejor película, mejor director, mejor guión original y mejor actor principal para Dustin Hoffman (la verdad es que está que se sale, en un papel que me recordó al de Cowboy de medianoche… Aunque, ya lo sé, no tenga nada que ver).

Casino (1995)

Pocas veces me oiréis alabar a Scorsese. Lo sé, muchos torceréis el gesto cuando leáis esto, pero es que no lo soporto. No soporto que haya tanta gente alabando a un director de cine tan absolutamente mediocre cuando hay otros mil veces mejores que no se llevan tantos laureles. Pero esta vez será la excepción.

Y lo es porque Casino me sorprendió positivamente (lo hizo porque me senté a verla con el gesto torcido y pronto dejé a un lado mis prejuicios), aunque también tengo que decir que lo que más me gustó fue el principio... Desgraciadamente, va perdiendo fuelle y, al final, acabé por aburrirme.

En fin, el argumento, a grandes rasgos, es el siguiente: Sam Rothstein (Robert de Niro), un corredor de apuestas, es contratado por las familias mafiosas de Chicago y Kansas City para regentar el hotel-casino Tangiers, para que les asegure unas cuantiosas ganancias, por supuesto, ilegales. Además, la mafia envía a uno de sus amigos de la infancia,un violento psicópata, Nicky Santoro (un aterrador Joe Pesci), para que proteja a Sam en su empresa. En la vida de Sam aparece una buscavidas-carne de casino, Ginger McKenna (Sharon Stone), de la cual se enamora y con la que mantiene una turbulenta historia de amor, sazonada por el alcohol, el exceso de dinero, las drogas y los engaños...

El argumento no es más que ese (bueno, en realidad, es mucho más complicado, pero no sería capaz de contar todas las idas y venidas mafiosas que da), pero el indiscutible mérito de Casino es que es capaz de recrear con muchísima precisión un ambiente viciado y corrupto, de alguna manera histórico en Las Vegas, que, como bien dice el personaje de De Niro al final de la película: “The town will never be the same. After the Tangiers, the big corporations took it all over.Today it looks like Disneyland”. Pues eso.

Un apunte más sobre Casino: Se supone que está inspirada en una novela de Nicholas Pileggi, que a su vez está inspirada en la vida del director del Stardust, el Fremont y el Hacienda durante los setenta y los ochenta. El tipo este se llama Frank "Lefty" Rosenthal y su página web es de coña. Por cierto, es verdad que el tipo está fichado por la comisión de juego de Nevada. Aquí se puede consultar su ficha.

Ocean’s Eleven (1960 / 2001)

Bueno, por supuesto este es un doblete de películas que no se puede ignorar si se habla de películas que tratan a Las Vegas y sus casinos como un personaje más.

Tengo que decir que de la película original, con Frank Sinatra y su Rat Pack (del que ya hablaré cuando me apetezca ponerme a escribir sobre ellos en algún momento posterior), sólo he visto el final, pero que, igual que su sucesora, de no ser el tema Las Vegas, probablemente, ni me molestaría en hablar de ella... Creo que ambas son películas bastante prescindibles.

En la primera, el grupo de Danny Ocean (Frank Sinatra), formado por diez veteranos del ejército del aire, se propone robar las cajas fuertes de cinco casinos de la Strip (Sands, Desert Inn, Flamingo, Riviera y Sahara), provocando un apagón en toda la ciudad la noche de Nochevieja. Sin embargo, las cosas no salen como ellos habían planeado.

En la segunda, Danny Ocean (George Clooney), nada más salir de la cárcel en libertad condicional, reúne a un grupo de diez ladrones de todo tipo para saltar la cámara acorazada compartida del Bellagio, el Mirage y el MGM Grand. Planean dar el golpe durante una esperada final de boxeo, cuando la cámara estará más llena de efectivo. Por supuesto, esta vez, el equipo de Ocean tendrá que hacer algo más que saltar los plomos para poder hacerse con el botín.

Como curiosidad, os diré que ambas tienen finales diferentes (los chicos de Clooney salen mejor parados, no os desvelaré más) y los “guapos” también son diferentes, adaptados cada cual a los tiempos que corrían en cada momento (sí, chicos, sí, el 2001 se va alejando, y seguro que dentro de no demasiado, las jovencitas os mirarán con cara rara cuando les digáis que George Clooney era un cañón en vuestra época y dirán "¡Ese abuelete?")… Personalmente, pienso que el canon de belleza a lo Frank Sinatra demuestra que en los años 60, el estándar de "guapura" masculina estaba más bien bajo, pero también es cierto que la película original suple la falta de efectos especiales y trepidación con un característico sentido del humor muy cínico y una estética que muestra Las Vegas a pie de calle. Por su parte, la versión moderna se recrea en el lujo del Bellagio (sin duda, os hablaré de él...) y en la rapidez que caracteriza a los taquillazos de Hollywood modernos.

Por lo demás, después de haber visto Ocean's Twelve, pienso que podrían haberse contentado con dejarlo en un solo remake, porque la segunda parte de Ocean's eleven es una paja mental como una catedral (sólo merece la pena la pequeña broma de Julia Roberts y su doblete de personajes -cameo incluido-)... No he visto la tercera, pero si es la mitad de mala que la segunda, entonces no merece la pena.

Leaving Las Vegas (1995)

Y por fin llego a la que he visto esta noche, Leaving Las Vegas, que me ha dejado impresionada. Creo que es una imprescindible lasvegueña, porque se encarga de contraponer la miseria que puede destilarse (nunca mejor dicho) de ese glamour de neón que todas las otras películas se empeñan en plasmar (bueno, salvo Casino, que también se enorgullece del neón, a través de la violencia mafiosa).

Supongo que el secreto de Leaving Las Vegas está en la sencillez de su argumento: Ben Anderson (Nicolas Cage) es un guionista alcohólico empedernido que lo pierde todo en Los Angeles debido a su desmedida afición a la bebida. Cuando le despiden toma la decisión desesperada de marcharse a Las Vegas para dejar que la bebida acabe con él mientras viven en la ciudad del pecado. Allí, se topa con una prostituta (Elisabeth Shue), con la que traba una relación condenada por su decisión de morir por la bebida.

Sí, la verdad es que si suena terrible es porque lo es, pero merece la pena verla, porque se respira ese ambiente de perdición extrema tan característico de Las Vegas, se intuye lo que ocurre con la prostitución (ese tema tabú -curiosamente- en una comunidad sustentada en los vicios y los excesos), se pasea a pie de calle por esa ciudad en la que no todo es glamour y uno se deja llevar por la autodestrucción… Como Nicolas Cage en Leaving Las Vegas.

Como curiosidad, os contaré que la peli está inspirada en una novela semi-autobiográfica de John O'Brien, que se suicidó durante la preproducción de la película. Nicolas Cage ganó un merecidísimo Óscar por su papel (y también el Globo de Oro) y estuvo nominada al Óscar de mejor actriz para Elisabeth Shue, mejor director y mejor guión adaptado.

miércoles, 12 de marzo de 2008

El éxito en pantalla de Las Vegas

Puesto que habéis conocido nuestras primeras andanzas por ese mundo tornasolado que es la Strip, quiero hacer un pequeño kit-kat en mi pormenorizada narración para hablaros de algo que también me interesaba mucho comentar aquí: la atracción que las cámaras tienen por Las Vegas.

Porque, nadie lo negará, Las Vegas es una ciudad cinematográfico-televisiva a más no poder: todos hemos visto alguna peli ambientada en Las Vegas, o los personajes de nuestra serie favorita han acabado allí por un golpe del destino (¿casi siempre alocado o desafortunado?)... O simplemente, hay que ser marciano para no haber visto, aunque sea de refilón, algún capítulo de CSI Las Vegas... En fin, las cámaras quieren a Las Vegas y Las Vegas quiere a las cámaras, como decía Roxie Hart en Chicago, seguramente será porque "ninguno de ellos recibió suficiente amor durante su infancia"… ¿Quién podría resistirse al lujo y al glamour de todos los colores?

Para hablaros con un poco más de detalle sobre este tema, y ya que ahora conocéis un poquito mejor los hoteles que pueblan este estrambótico oasis en medio del desierto, os dedico los siguientes posts, sobre cine en Las Vegas (próximamente escribiré alguno sobre las series de televisión).

jueves, 6 de marzo de 2008

Primer paseo por la Strip V y final: De cómo jugamos al Quimicefa

En fin, teníamos hambre y ya estábamos empezando a estar cansados de zascandilear de casino en casino. Nos paramos en la acera de enfrente al Caesars Palace, junto a un lugar llamado Margaritaville de cuyas entrañas brotaban grupos de fiesteros con copas gigantes de margaritas... La verdad es que me habría gustado entrar en aquel sitio en algún momento, pero no lo hicimos porque tenía una pinta muy discotequera (leyendo en internet, me entero de que también servían comida. Las hamburguesas tienen un tamaño espectacular... Qué rabia no haberlo sabido). El ceño fruncido de Pablo casi cruzaba la calle, pero a medida que nos fuimos alejando del Caesars Palace, su enfado se fue diluyendo.

La verdad es que tendríamos que habernos informado mejor de dónde comer en Las Vegas (en infinidad de series y pelis he oído que todos los que van allí se comen unos steaks estupendos por cuatro duros... Nosotros no los encontramos, oiga), pero la mala costumbre que tienen los yanquis de no poner los precios en la puerta provocó que no nos atreviéramos demasiado a innovar, ya que aún no disfrutábamos del actual cambio dólar-euro que, por ejemplo, César está disfrutando ahora (y yo estoy sufriendo, cada vez que trabajo con americanos...). Curioseamos el Flamingo, el Imperial Palace y el Harrah’s: Todos ellos me parecieron terriblemente agobiantes: de techos bajos, lucecitas chillonas por todas partes y máquinas tragaperras hasta aburrir. El problema con todos aquellos casinos era un poco el mismo que el del Corte Inglés: que sabes que si entras, vas a tardar una eternidad en salir de allí, sin encontrar lo que buscas, por supuesto.

Ya estábamos pensando en comprarnos cualquier cosa de comer en algún puestecillo callejero, cuando llegamos al hotel Casino Royale (sí, sí, igual que la peli de James Bond, aunque en realidad, el Casino Royale de la peli esté en Montenegro... Bah, un detallito), que por suerte, tenía un Denny’s. Sé que este comportamiento de “mejor restaurante malo conocido que bueno por conocer” es algo que criticamos mucho aquí de los yanquis que salen al extranjero y terminan indefectiblemente en el McDonald’s de turno, pero ya os digo, si no hubiéramos tenido tanta restricción presupuestaria, nos habríamos atrevido a algo más.

En fin, el caso es que el hambre ya acuciaba ya demasiado como para pensárselo dos veces, por lo que entramos en nuestro viejo conocido Denny's, a zamparnos una de esas hamburguesas que tanto nos consolaban durante nuestros primeros días en la árida Arizona… La verdad es que el ambiente del restaurante este era gracioso: imaginaos algo parecido a un Vips (quizás con un punto más popular: he comprobado que los Vips últimamente están de lo más pijos), en mitad de la ciudad madre de todos los pecados, aquello parecía un reducto de un parque infantil, lleno de familias con niños pequeños de todos los tamaños, desde bebés hasta críos de esos que te dan la cena corriendo de arriba abajo. Allí se podía comprobar que la política turística de hacer Las Vegas un lugar más familiar tampoco era una locura (más adelante, pudimos volver a ver aquel curioso fenómeno en el Circus, circus), porque estaba claro que a Las Vegas no sólo acuden despedidas de soltera, cincuentones que celebran sus segundas nupcias, abuelas ludópatas o solterones con ganas de irse de putas: también había allí happy families que disfrutaban, qué sé yo, de las lucecitas y la musiquita de las tragaperras.

Pues en eso estábamos, después de pedir nuestras hamburguesas (sé que Pablo se pidió una enorme), bebiendo el brebaje que en este país llaman Coca cola, cuando nos pusimos a pensar en lo curioso que es que la Coca cola sepa diferente allí que en España. Desde que llegamos, lo habíamos notado muchísimo: los refrescos de cola ocupan un lugar totalmente diferente en la “escala alimenticia” en Estados Unidos. Cuando aquí en España consumimos Coca cola es: 1) Como sustitutivo de bebida alcohólica cuando salimos de tapas, 2) Como acompañamiento a la comida en algunos casos (los que la beben en todas las comidas, aparte de tener adicción, están exageradamente obesos), 3) Cuando nos sentimos mal del estómago o nos baja la tensión o el azúcar, 4) Para desatascar cañerías (sólo funciona con tuberías poco atoradas, si no, preguntádselo a Pablo, que el otro día lo intentó y el lavabo le escupió la Coca cola). En Estados Unidos, además de para todas esas cosas, también se utiliza como postre. “¡¡¡¡¡Cómo postre!!!!!”, exclamaréis extrañados. Sí, sí, como postre o base para postres (junto con helado de vainilla, batido de chocolate o tarta). Claro, lo pensaréis y os lo imaginaréis asqueroso, pero es que resulta que la Coca cola americana es muuuuuuuucho más dulce que la que bebemos aquí. Y claro, como la receta es secreta (por lo menos, los ingredientes esenciales), pues no sabemos lo que le ponen en cada sitio, pero he leído por internet, que los edulcorantes que se utilizan son diferentes en cada país... Lo que nosotros teníamos claro es que la Coca cola de aquí es menos dulzona, así que se nos ocurrió la loca idea de que quizás, añadiéndole un poquito de sal (NaCl), quizás podríamos contrarrestar químicamente el efecto de los edulcorantes. Pues sí, nos atrevimos a echarle un poquito a nuestras bebidas, eh voilà!, después de un satisfactorio burbujeo, la Coca cola sabía mucho más parecido a lo que se bebe aquí. Con lo bien que aquello había funcionado, nos pertrechamos de sobrecitos de sal (aún llevo alguno en la cartera. Me gusta pensar que, al fin y al cabo, si viviéramos en épocas romanas, casi podría utilizarlos como calderilla, más que para adulterar la Coca cola) para futuras Coca colas y nos comimos con mucho gustazo las hamburguesas que nos sirvieron (Uf! Cuando uno tiene hambre, la comida sabe a gloria!).

Una vez tuvimos el estómago lleno, nos dispusimos a hacer el camino de vuelta al hotel, dando un agradable paseo nocturno (¿qué serían? ¿las doce, la una? Llevábamos meses sin respirar el aire a esas horas de la noche. Resultaba liberador) por la acera oeste (la del Caesars Palace. El Casino Royale está en la este). A nuestro paso por delante de la pesadilla peplumiana de Pablo, contemplamos la colorida reproducción de la Fontana de Trevi (por lo menos, Pablo con el estómago lleno no se ofendió por esto, después de haber visto el interior del casino, estaba curado de espanto), donde alguien se ofreció a hacernos la foto que os pongo. También vimos los carteles publicitarios de Céline Dion, las estatuas del exterior del jardín (había una de Augusto que te “encantó”, ¿no? Mmmm), pasamos rápidamente frente al Bellagio y su impresionante fuente y después pasamos frente a un descampado en obras (sí en un lugar de constante cambio como Las Vegas es normal que haya zonas como esas también), para alcanzar el Montecarlo y después, el New York, New York (ya estaban más cerca nuestras camitas).

Por supuesto, no podíamos retirarnos aquella primera noche, sin jugarnos algo, ¿no? Así que perdimos nuestro primer dólar en las tragaperras (en fin, no es que seamos demasiado ludópatas: nos podía la racanería) y comprobamos que las tragaperras son un negocio redondo (para el casino): se gana difícilmente ¡y se pierde con mucha facilidad!



Y así acabó nuestro primer día en la ciudad más pecadora y estrambótica del mundo.

(Fotos: 1) Trocito del mapa que recorrimos en este post. Después hicimos el camino de vuelta, 2) El Margaritaville, foto de Flickr, de cjohnson1111784, 3) El Casino Royale, foto de Picasa, de María de los Ángeles, 4) El exterior del Denny's en el que entramos, foto de Picasa, de MaiCuc, 5) Foto-demostración de nuestras adulteraciones de la Coca cola, cosecha propia, 6) Pablo, frente a la Fontana di Trevi putativa, cosecha propia, 7) Pablo y yo en el mismo sitio que la foto anterior, 8) Zona de obras con el Bellagio y el Caesars Palace de fondo, 9) ¡Nuestra primera apuesta de un dólar en la tragaperras! Pablo está metiendo el billete por la ranurilla correspondiente).

viernes, 29 de febrero de 2008

Primer paseo por la Strip IV: El cabreo peplumiano de Pablo

Caesars Palace exterior

Como os iba diciendo, dejamos la primera tanda de casinos atrás después de pasar por la lujosa galería del Bellagio (del que os hablaré un poco más adelante) para entrar en los jardines del Caesars Palace, ese hotel-casino que se ha convertido en un verdadero símbolo de Las Vegas.

He de reconocer que había estado barajando la posibilidad de hacer una reserva allí cuando estuvimos mirando los hoteles, pero al final me decanté por el New York, New York, y la verdad, tras unos minutos en el interior del Caesars Palace (que según su propio creador, no lleva apostrofito en el nombre, porque no es simplemente el hotel de Julio César, inspirador del complejo hotelero, sino que “Todos los huéspedes son césares”, jaja ¡os lo juro!), no me pude alegrar más de haber tomado esa decisión, sobre todo, por la salud mental de Pablo.

Bueno, supongo que después de lo que ya os he contado no esperaréis nada medianamente fiel del famosísimo Caesars Palace, y hacéis bien. Al principio, el escenario nos engañó un poco: el enorme jardín que rodeaba la parte delantera del hotel estaba compuesto de fuentes, cenadores y estatuas clásicas que, a primera vista (y de noche) podían dar perfectamente el pego del buen gusto. Creo recordar que en uno de los cenadores había montado una especie de piano-bar al aire libre. Recorrimos la distancia que nos separaba de la puerta de entrada al hotel y, nada más entrar, fue cuando comenzó el problema: ya en la recepción del hotel, la estridencia de lo que nos esperaba se adivinaba en todas las estatuas, jarrones y decoración: la estancia estaba iluminada por una discreta luz amarillenta que resaltaba los chillones mosaicos del suelo, los chillones frescos de las paredes y la chillona estatua de Diana cazadora y dos Gracias más que presidía una fuente que ocupaba la parte central del vestíbulo. Pablo empezó a fruncir el ceño imperceptiblemente, a la espera de lo que se avecinaba.

Al principio, nos extraviamos un poco y casi estuvimos a punto de meternos en la zona privada para los huéspedes. Tengo que decir aquí que el “caché” del Caesars Palace pretendía ser del nivel del del Bellagio, y mucho mayor que el del New York, New York, con sus señores de seguridad estiradotes en las extensas zonas VIP y sus adornos dorados por todas partes, por lo que el precio de las habitaciones, por supuesto, también era mayor.

Media vuelta, esta vez sí, nos dirigimos hacia el casino. En fin, sobre este no hay mucho que decir, aparte de que se toman la decoración pepluniana francamente en serio: aunque lo que es el casino es más de lo mismo (con un puntito de sofisticación que aspira más a Montecarlo que al bingo de la esquina de mi calle), los croupieres, los camareros y las camareras iban todos disfrazados como correspondía, con doradas corazas de centurión o togas de tribuno ellos y con atuendos cleopátricos o minúsculas túnicas ellas. Sobre ellas hablaré más adelante, en mi post dedicado al oficio más antiguo del mundo, porque realmente daba la sensación de que no sólo se limitaban a servir copas (loable tarea, dado su mínimo atuendo).

Dentro del casino, había una zona de bares que comprobamos que era el lugar favorito de grupos de solteretes y solteretas que, con miradas ávidas, se buscaban mutuamente, en los diferentes locales acondicionados para “la caza mayor”. También descubrimos que el Caesars Palace, conceptualmente no le hace ascos a nada y responde bien a la filosofía: “Lo clásico, si nuevo, dos veces bueno”, independientemente de que “lo clásico” de turno fuera griego, romano, egipcio o algo que se le pareciera remotamente. Muchos dirían que es to' lo mismo, cosa que a los amantes de la historia clásica, al menos fuera de Las Vegas, puede irritarles el higadillo, que fue exactamente lo que le empezó a pasar a Pablo, cuyo ceño, cada vez estaba más fruncido. En la galería de bares había uno que era impagable: una especie de bar de jazz, que se llamaba Cleopatra's Barge (la barcaza de Cleopatra) e imitaba a la embarcación de la excelsa reina egipcia con las mesas repartidas aquí y allá e iluminada por tonos cálidos y violáceos. Recuerdo que a Pablo le “gustó” ese especialmente.

Después, volvimos a salir al casino y pasamos al lado del Colosseum (un inspirado término mezcla entre colosal+Coliseum, porque me da a mí que les daba la sensación de que el Coliseo romano original no tenía un nombre lo suficientemente colosal como para atraer al americano medio), el enorme teatro imitación del Coliseo romano, que acoge algunas de las representaciones más icónicas de Las Vegas, por allí pasan los cómicos de medio Estados Unidos (Jerry Seinfield es uno de los favoritos), sin olvidar a Céline Dion (que en ese momento estaba en plena temporada de espectáculo) y Elton John, que siempre que pasa por Las Vegas, se queda meses allí.

Tras una zona de máquinas tragaperras, salimos a la mismísima Vía Apia (Appian Way) y las tiendas del Foro (Forum Shops), una galería comercial que acabó de minarle la moral a Pablo por completo: arrancaba con una reproducción del David de Miguel Ángel y en ella se sucedían las fuentes ornamentales de ruinas y pegasos con tenderetes de souvenirs mezclados con tiendas de super-lujo trasplantadas directamente del centro de Milán, todo ello cubierto por, otra vez, un inquietante cielo azul lleno de pastorales nubecillas blancas.

La indignación de Pablo llegó a su punto álgido cuando alcanzamos una plaza en el centro de la galería en una de cuyas esquinas se alzaba un enorme caballo de Troya (símbolo de una juguetería) que era digno de la cabalgata del Orgullo Gay más plumífero que podáis imaginaros. Entonces, Pablo comprendió que no podía quedarse ni un minuto más dentro de aquel sacrílego lugar (curiosamente, yo estaba menos indignada que él... Mmmm, de hecho, casi me come porque me paré a hacer las fotos que podéis ver en este post), por lo que continuamos nuestra marcha en busca de una puerta de salida por el otro extremo del foro, pero en lugar de eso, nos encontramos la fuente más estrambótica y colorida, la Fall of Atlantis & Festival Fountain. Sobre ella se alzaban figuras de césares y matronas sobre bastas columnas de mármol y debajo tenía un enorme acuario de peces de colores. Además, toda ella estaba rodeada por paredes de espejos que reproducían su imagen desde todos los ángulos posibles. Una pequeña multitud se agolpaba alrededor de la fuente porque, no contentos con la estridencia natural del propio engendro, había espectáculo de luces y sonido cada hora… En fin, qué más deciros… Salimos de allí pitando para que Pablo pudiera respirar, cosa que no hizo hasta que estuvimos en la calle, lo suficientemente lejos, al otro lado de la acera, y entonces se dedicó a observar el Caesars Palace con una mirada de odio infinito. Le hice una foto buenísima de la cara de circunstancias (¡Qué mala leche se le puso!), pero me salió muy movida, así que no merece la pena ni que os la ponga.

Como curiosidad, os contaré que la primera pareja en casarse en el Caesars Palace fueron un vejete catalán-cubano cantante de una banda y una famosa actriz murciana recauchutada llamada Charo que, mientras estábamos allí, hacía un anuncio por la tele que era graciosísimo.

Con todo el paseo, nos había entrado hambre, así que a partir de ese momento, nos pusimos a buscar algún sitio en el que llenar el buche (sin dejarnos el jornal, eso sí…).

(Fotos: Jo, no os quejaréis, os he puesto un montón: 1) Panorámica de cosecha propia (C.P.) de una de las esquinas de la parte frontal del Caesars Palace, 2) Trocito del mapa del que os hablo en este post, 3) Entrada a la recepción del hotel Caesars Palace (C.P.), 4) Fuente de la recepción del hotel (C.P.), 5) Esta instantanea de una mesa de póker captura muy bien la esencia del lugar, foto de Shelly, 6) Foto del piano-bar Cleopatra's Barge de www.planet99.com, 7) Zona de las tragaperras del casino (C.P.), 8) El Colosseum desde la otra acera de la Strip (C.P., muy movida), 9) Pequeña foto del Colosseum de día, foto de Andre, 10) Bóveda del interior del hotel, foto de Brian, 11) Minifoto de la "fuente de los césares" foto de Xiangyu, 12) Foto de C.P. de la misma fuente, con tenderete de barantijas delante, 13) ¡El megacaballo de Troya! Digno de Brad Pitt y Orlandito Bloom, foto C.P., 14) La fuente de Fate of the Atlantis and Festival fountain (C.P.), 15) Vista frontal del hotel-casino, con una reproducción de la Victoria de Samotracia en medio).

miércoles, 20 de febrero de 2008

Primer paseo por la Strip III: La Europa cartonpiédrica de ayer y hoy

Pegadito al antiguo Aladdin-ahora Planet Hollywood, está otro de los hitos lasvegueños: el Paris Hotel Casino. Y allá nos dirigimos, curiosos por ver la consabida reproducción de la Torre Eiffel y demás reproducciones de monumentos parisinos.

En fin, qué deciros. He oído a muchos americanos enorgullecerse de este casino casi como si hubieran reconstruido París piedra a piedra, pero después de haberlo visto, cualquier cosa que me digan no me impresionará. Si por construir fielmente entiendes crear una falla tamaño king-size (igualito que las fallas, de cartón-piedra y tó) de los cuatro o cinco monumentos representativos de la ciudad, con colores más estridentes, a ser posible, plantar dos o tres bistrós y vender bebida alcohólicas en botellas con forma de Torre Eiffel, ¡felicidades! Las Vegas es el lugar al que DEBES ir. Eso sí, no contamines el París real con tu presencia, por favor.

Este comentario mío viene a cuento de que esa es otra de las claves de esa ciudad marciana llamada Las Vegas. Muchos yanquis, en su infinita idiotez, piensan que Las Vegas puede sustituir a Europa en conjunto. Esto revela en gran medida a qué se dedican cuando vienen al "viejo continente", aplicando una lógica puramente americana: pillan un autobús y se recorren todo el continente en 7 días, parando a la velocidad del rayo en los lugares turísticos más importantes para tomar unas fotos y, a la vuelta, dárselas de cultos ante sus vecinos, porque han ido a Europa, oyes. Según esta mentalidad, eso sería perfectamente sustituible por un Disneylandia para adultos en el que todos esos monumentos se concentraran en el menor espacio posible, todo ello bien regadito de alcohol, putas y juego... Pero no nos confundamos: esta no es la opinión de cuatro granjeros de Oklahoma que no saben leer. La cosa es aún más sangrante: estando en Las Vegas, una tarde que estaba viendo la tele en nuestra habitación, nos topamos con un reportaje en el que diferentes personajes conocidos de la ciudad la presentaban y loaban sus virtudes. En el reportaje aparecía una pareja de cómicos-magos que se llaman Penn & Teller (seguro que los habéis visto en los Simpsons y en otras series. Por lo visto, son bastante conocidos en los USA) que suelen actuar en Las Vegas. Para que os hagáis una idea los que nos los conozcáis, por lo visto, estos pavos son famosos por su humor inteligente, ateo y crítico con la política (también se les conoce por su liberalismo exacerbado). El gordo de la perilla y las gafas (el tal Penn), no sólo elevaba Las Vegas a la altura del Olimpo terrenal (a ver, que eso se entiende, tampoco va a morder el tipo la mano que le da de comer), sino que -al loro- culpaba a los europeos por su desvergüenza y su poca conciencia cívica al estar manteniendo edificios tan antiguos que “afean” y “estropean” el paisaje y que consumen el erario público, sí señor. ¿De qué valen las antiguallas romanas? ¿Pa qué conservar restos medievales, edificios renacentistas y dieciochescos? ¿O monumentos como la herrumbrosa torre Eiffel verdadera, cuando uno puede construir todo eso en cartón piedra y cuando se aje, tirarlo abajo y volverlo a construir con colores más bonitos y chillones, si cabe? Vamos, que simple y llanamente, el cateto este (que, como ya os digo, iba de tío informao, culto e inteligente) venía a culparnos a los europeos de todas las desgracias de la civilización moderna por “aferrarnos al pasado innecesariamente”, no como ellos, sufridos americanos, que cuando ven cualquier cosa vieja se apresuran a tirarla abajo, no vaya a ser que “haga feo”.

En fin, diréis que me indigno por nada. Pero en realidad no me indigno: sólo creo que la gente que piensa así nunca jamás debería salir de los USA, de hecho, debería negárseles el visado para salir del país, y por supuesto, nada de venir a Europa, ¡no te jode! (También podríamos desterrar a EEUU a los neoliberales que nos joden la vida aquí y que desearían que esto fuera Estados Unidos, para que, todos ellos, en amor y compañía, crearan su paraíso terrenal de libertades individuales, seguridad, creacionismo e ignorancia). Y está claro que, a pesar de todo, sí que era gracioso pasear por el interior de los casinos estos y ver las "frikadas" que se les había ocurrido recrear…

Después de haber presenciado, en la acera de enfrente, el icónico espectáculo de música, agua y luces de la enorme fuente del Hotel Bellagio (aunque yo andaba convencida de que esa no era la fuente del Ocean’s Eleven de George Clooney… No sé porqué, en la peli la había visto diferente, me había dado la sensación de que estaba en mitad de una gran plaza), nos internamos en el Hotel Paris y en su galería comercial, que recreaba las tiendas de super-lujo-lujazo de la Rive Gauche, para desembocar en el interior del Bally’s que era el Hotel Casino contiguo. Como muchos otros, no nos llamó especialmente la atención (chico, al final, la acumulación de máquinas tragaperras y mesas de dados se hacía repetitiva y aburrida), por lo que salimos a la calle por la cinta transportadora de salida del Bally’s.

A continuación, entramos en la galería comercial aneja al Bellagio, para continuar nuestro periplo hacia el norte y visitar otro de los lugares de culto de Las Vegas, el Hotel Casino Caesar’s Palace.

(Fotos: 1) Foto cosecha propia de nuestra primera visión de cerca del París, 2) Trocito del mapa del que os hablo en este post, 3) Un anuncio del espectáculo del par de ...ejem... esos. Os aseguro que la prepotencia del fulano gordo en el reportaje que nos tragamos era insufrible, 4) Cosecha propia de la reproducción de la torre Eiffel y de la ópera de París -la reproducción de la ópera es bastante chusca... No se parece, creo yo: podría ser cualquier edificio francés-, 5) Cosecha propia del pie de la reproducción de la torre Eiffel. Aunque en un principio, su intención era la de construir una el mismo tamaño que la original -no puede haber un símbolo más fálico que la torre Eiffel, y ya sabemos todos que los americanos siempre se pirran por demostrar su masculinidad-, pero el aeropuerto está demasiado cerca, así que tuvieron que hacerla a mitad, 6) Una muestra del pasaje comercial del interior del Paris, con su inquietante cielo azul con nubecillas blancas aquí y allá... ¿¿¿Quié quiere un cielo de verdad cuando lo puede tener pintado por el mismo precio???, foto de Hannah de picasa, 7) Cosecha propia de la reproducción del arco del triunfo del exterior del edificio. En este caso, el arco es 1/4 del original, porque el rey de los Campos Elíseos es enorme -sí, Dan Brown, esa avenida parisina que es igualita, igualita que la Sexta Avenida :-)) y porque como el tamaño del arco del triunfo no simboliza poderío masculino sino más bien todo lo contrario, les da igual el tamaño, 8) Reproducción del puente Alexandre III... Este también os ha quedao más peque que el original, ¿verdad? ¡pilluelos!, foto de Dan de picasa, 9) Interior del casino. Una de las patas de la torre Eiffel hace las veces de caja del casino, foto de Ofer de picasa, 10) Luminosa entrada del Bally's con cinta trasportadora que desemboca en una especie de estación desde la que se puede coger un tranvía que viene del MGM Grand y termina su recorrido en el Hotel Hilton, que está fuera de la Strip, foto de www.vegas-dreaming.com).